El 7 de marzo de 2026, Donald Trump reunió a 12 presidentes de la derecha latinoamericana en lo que se denominó Escudo de las Américas (en inglés: Shield of the Americas). La cumbre se realizó en Miami en el campo de golf privado del mandatario. Tenía como propósito anunciar una coalición militar para “combatir a los carteles de la droga en la región”. Entre los invitados centroamericanos estuvieron Nayib Bukele de El Salvador, Nasry Asfura de Honduras, José Raúl Mulino de Panamá y Rodrigo Cháves y Laura Fernández de Costa Rica. Estos dos últimos representantes de un país que ni siquiera cuenta con fuerzas armadas. No fueron invitados México ni Colombia, países estratégicos para el combate del narcotráfico. Ni tampoco Brasil, la economía más grande de América Latina. Ausencias que pesan mucho tratándose de una estrategia regional.
Aunque en su discurso Trump habló de combatir el narcotráfico, el objetivo implícito de la cumbre era otro: comprometer a los presidentes a que acepten la subordinación y la injerencia gringa disfrazada de ayuda militar. Si a Trump le interesara combatir el narcotráfico, no hubieran liberado a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras condenado culpable de narcotráfico en Nueva York en 2024. Si le interesara, detendría el tráfico de armas ilegal de Estados Unidos a México, como dijo la presidenta Claudia Sheinbaum, y orientaría acciones para erradicar el principal epicentro del consumo de droga: Estados Unidos.
Las veces que Estados Unidos ha sacado la bandera del narcotráfico en la región ha tenido resultados contraproducentes. Durante los 80 en el marco de la guerra fría, el narcotráfico jugó un papel importante como fuente de financiación encubierta y paralela de la Contra en Nicaragua, facilitada por la CIA y tolerada por el gobierno de Reagan. Estados Unidos también proporcionó millones en ayuda al gobierno mexicano de Felipe Calderón (2006-2012) en su “guerra contra el narco”, lo cual acabó favoreciendo al Cártel de Sinaloa. Como bien ha dicho en una reciente nota la investigadora Hilary Goodfriend, “al igual que la Guerra Fría y la ‘guerra contra el terrorismo’, la ‘guerra contra el narco’ proporciona un marco para la integración subordinada de la región en los regímenes económicos y de seguridad de Estados Unidos”.
En lo simbólico, el que Trump desde la comodidad de su campo de golf privado les haya dicho a los doce presidentes presentes: “No voy a aprender su maldito idioma. No tengo tiempo. No tengo problema con los idiomas, pero no voy a dedicar tanto tiempo a aprender el suyo”, dice mucho de la relación de subordinación que mantendrá con ellos: son peones, no aliados, ni amigos. La cumbre estuvo llena de violencia simbólica. Al final de su discurso, los doce presidentes aplaudieron a Trump mientras este firmaba un documento. El mandatario les regaló lapiceros negros de recuerdo que el presidente Rodrigo Chávez de Costa Rica se encargó de repartir. Ninguno de los invitados habló. No hubo diálogo, solamente monólogos de Trump, Pete Hegseth, Marco Rubio y Kristi Noem.
El modelo que la administración Trump busca replicar es el Ecuador de Daniel Novoa. El presidente ecuatoriano no solo ha roto relaciones con Cuba como gesto de lealtad a Estados Unidos, sino que ha puesto el territorio y la soberanía de su país a disposición del ejército norteamericano. Con el argumento de combatir el narcotráfico, Noboa autoriza el sobrevuelo y la operación de personal del Departamento de Defensa en territorio ecuatoriano, desacatando así la voluntad popular expresada en las urnas el 16 de noviembre de 2025, cuando la ciudadanía dijo no a las bases militares extranjeras. Lo peligroso de alinearse a esta coalición militar, como ha señalado el periodista Marco Terugi, es que Estados Unidos dicte cuáles son las amenazas de América latina, las convierta en enemigos internos y luego plantee que la respuesta es la militarización con las armas, las tropas y los generales del comando sur.
Esta cumbre se da en un momento en el que el imperio estadounidense ha prescindido de su ropaje liberal al que nos acostumbraban las administraciones demócratas. Estas apelaban a los principios democráticos o a los derechos humanos para intervenir en los asuntos internos de cada país. Ahora, con el rostro desnudo, el imperio no tiene reparos en expresar su “doctrina Donroe” frente al avance de China como superpotencia. La doctrina Donroe incluye la subordinación, el control territorial y de recursos de América Latina a la que consideran su zona de influencia. El secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, el actual asedio económico a Cuba mediante el bloqueo petrolero, la conversión de El Salvador en una cárcel al estilo Guantánamo para recibir personas deportadas de Estados Unidos, la intención de apropiarse del Canal de Panamá y Groenlandia, así como el esfuerzo por renombrar el Golfo de México, son parte de su política exterior expansionista e injerencista. Esto también en un contexto latinoamericanos en el que las izquierdas se encuentran muy debilitadas; ni México, ni Colombia ni Brasil logran establecer un contradiscurso regional y unificado al discurso injerencista y violento de Trump.
En Centroamérica la situación es desfavorable. Estados Unidos, como economía imperial, siempre ha impuesto sus intereses geopolíticos a las economías periféricas y dependientes centroamericanas. Estos intereses se han cumplido a veces a regañadientes, y otras con un servilismo indigno. Nayib Bukele en El Salvador, Nasry Asfura en Honduras, Laura Fernández en Costa Rica, José Raúl Mulino en Panamá parecen dispuestos a hincarse a Trump favoreciendo intereses extranjeros en detrimento de la soberanía o economía de sus propios países. Aunque a ellos les parezca una especie de medalla de honor, esa cumbre fue humillante. Por su colonialismo internalizado lamentablemente no lo podrán ver así.
En el caso salvadoreño, no se veía un nivel de acatamiento similar desde la presidencia de Francisco Flores (1999-2004), quien en tiempos de George W. Bush envió tropas del ejército salvadoreño para apoyar la invasión de Irak. Si la guerra actual entre Estados Unidos e Irán se prolonga, todo indica que Bukele repetiría la misma operación. Arrodillarse frente a Trump y firmar un convenio para permitir la militarización de nuestros países con tropas norteamericanas traerá pocos beneficios para los sectores populares que estos presidentes serviles y humillados por Trump gobiernan.
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