El 3 de enero es la fecha en la que académicos e historiadores han marcado el resurgir de una vieja doctrina que tiene más de 200 años, y que a lo largo de las décadas ha transformado el devenir de toda una región. Por primera vez, en muchos años, Estados Unidos atacó militarmente a un país latinoamericano, dejando en claro su visión del hemisferio. Con la captura de Nicolás Maduro en Venezuela se revivió la Doctrina Monroe, una política antigua y controvertida que acerca al presente a los albores del siglo XIX.
Hace tan solo una década, el entonces secretario de Estado John Kerry declaró como muerta esa visión del mundo. Hoy, bajo el segundo mandato de la administración Trump ha regresado de manera vitalizada. Para entender cómo los Estados Unidos han vuelto a su rol de sheriff regional, es necesario rebobinar dos siglos atrás, para entender una idea que hoy parece central dentro del movimiento Make America Great Again (MAGA): “América para los americanos”.
En 1823, el presidente James Monroe, aconsejado por John Quincy Adams, trazó una línea imaginaria en el Atlántico. Cualquier intento europeo de recolonización hacia las jóvenes repúblicas de América sería visto como un acto hostil contra Estados Unidos. A cambio, la nación no interferiría en asuntos políticos o guerras en Europa y reconocería las colonias ya existentes en el hemisferio occidental.
La premisa de contención ante lo que para entonces se consideraban amenazas imperiales duró muy poco. En 1904 el presidente Theodore Roosevelt añadió una enmienda, conocida como “Corolario Roosevelt”, en la que la lógica de la doctrina cambió. Si Estados Unidos no iba a permitir que Europa interviniera, ni cobrara deudas, y tampoco impusiera el “orden” en las jóvenes y volátiles repúblicas, se hacía necesario que existiera una especie de policía internacional. Y ese papel lo asumiría Estados Unidos.
Con este corolario nació el intervencionismo moderno. Bajo esta premisa, los Marines estadounidenses ocuparon militarmente Haití, Nicaragua, República Dominicana, entre otras naciones, durante la mitad del siglo XX. Se convirtió en una herramienta de control e influencia que justificaría golpes de Estado y gobiernos afines a lo largo y ancho de la región.
Maureen Meyer, vicepresidenta para programas de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA, por sus siglas en inglés) con décadas monitoreando la región, subraya que el resurgir de la doctrina no es un fenómeno aislado. Recuerda que, desde el apoyo al golpe militar en Chile en 1973, Estados Unidos ha sostenido una postura de injerencia, la cual incluyó la capacitación de escuadrones de la muerte en Centroamérica durante los años 70 y 80. Para Meyer, después de tres décadas de un acercamiento basado en cooperación institucional —como el Plan Colombia o la Iniciativa Mérida—, el hemisferio enfrenta ahora un quiebre de ese modelo bilateral.
En septiembre de 2025, la administración de Donald Trump publicó una Estrategia de Seguridad Nacional en la que se revive la Doctrina Monroe. El motivo es restaurar la prominencia de América (en este contexto, América es Estados Unidos) en el hemisferio occidental. El “Corolario Trump” entró en vigencia.
La estrategia de seguridad también estableció las prioridades para Washington. “La otra parte que creo que vale la pena resaltar es la falta de atención, hasta mención, de temas como la promoción de la democracia y los derechos humanos como elementos centrales de la política exterior de Estados Unidos. Esos desaparecen de los documentos. Ni siquiera hay mención de derechos humanos”, detalla Meyer.
La nueva doctrina establece explícitamente que Estados Unidos “negará a competidores no hemisféricos” el control de activos estratégicos en la región. Lo que en práctica regresa al mundo a los tiempos de las esferas de influencia. Es decir, el corolario Trump se ha establecido frente al contexto económico, político y social del crecimiento de China en el continente y los acuerdos en materia de seguridad con Rusia. Sin embargo, el análisis anota que, a diferencia de otras narrativas del pasado, en esta prima el valor transaccional, no ideológico y mucho menos democrático.
Según Meyer, si el primer mandato de Trump fue «transaccional», este segundo periodo ha escalado hacia la “coerción basada en amenazas”. El uso de aranceles, sanciones individuales e incluso la fuerza militar directa —como se vio en Venezuela— marca una era donde Washington ya no tiene reparos en usar su músculo para imponer sus intereses.
Si bien en los últimos meses el enfoque regional se ha establecido en los países que podrían tener un conflicto más visible, como Venezuela, México y Colombia, Centroamérica también ha sido salpicada por este nuevo contexto. De acuerdo al análisis de Meyer, la región ha quedado configurada de la siguiente forma:
El Salvador: Nayib Bukele se posiciona como uno de los mayores beneficiarios de esta nueva lógica de poder. En medio de sus reformas constitucionales y la reelección, el país ha servido como centro de detención (incluso de ciudadanos venezolanos) bajo pedido directo de Washington. Es también el ejemplo de que, bajo la lógica transicional de Donald Trump, los derechos humanos y la democracia no tienen un plano relevante.
Honduras: Durante el proceso electoral, Trump respaldó abiertamente a candidatos afines bajo amenaza de retirar la cooperación, lo que pudo haber sido definitorio de cara al proceso.
Nicaragua: El régimen de Ortega y Murillo mantiene un perfil bajo, intentando no “causar ruido” mientras se enfrenta a posibles revisiones del CAFTA y nuevas sanciones económicas. Ha liberado a presos políticos, pero mantiene el control y la represión en las calles.
Costa Rica: El país parece inclinarse hacia modelos importados, como el encarcelamiento masivo al estilo Bukele, reflejando una alineación ideológica con Estados Unidos.
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