Cada 8 de marzo, día internacional de las mujeres trabajadoras, ha hilado reflexiones fundamentales sobre las condiciones materiales y simbólicas de la vida de las mujeres en su amplia pluralidad. Más recientemente, desde 2017 organizaciones de mujeres, feministas y aliadas se han conglomerado bajo la consigna del paro internacional como protesta y evidencia de la relevancia del trabajo de las mujeres en la reproducción de la vida y de las condiciones materiales del mundo. Fuera de las fotografías y marchas masivas. Cada año también ha implicado procesos de autocrítica paralelos al análisis de coyuntura que le atraviesa, pues las resistencias no son dadas en el vacío y tampoco se limitan a una fecha conmemorativa anual.
Este 2026 no es la excepción, el pensamiento crítico sobre la coyuntura actual es fundamental, necesario y urgente al considerar la avanzada neoliberal, conservadora, antiderechos, represora, militarizada, profundamente misógina y antitrans. También es necesario frente a fracturas dentro de las organizaciones de mujeres y feministas, en el sentido de que sectores “feministas” transexcluyentes también son responsables del auge de la ola conservadora y antiderechos. En dicho escenario, Costa Rica no es ninguna excepción. Por ello, en este texto pretendo dialogar entre el contexto político en el que se desenvuelven las movilizaciones del 8 de marzo, la administración de Rodrigo Chaves y las visiones de mujeres organizadas dentro y fuera del país.
No existen dudas de que el paso de Rodrigo Chaves por la presidencia ha traído consecuencias profundas para la vida de las mujeres, las niñas y la comunidad LGTBQ+. El discurso misógino, que se burla cínicamente de identidades políticas y desprecia abiertamente a las organizaciones feministas, de mujeres (trans y cis), ha sido la norma en la gestión de Chaves. Dicho discurso se ha materializado en una desidia y desconocimiento en políticas públicas que debilitan el Instituto Nacional de la Mujer (INAMU), que se ve ampliamente rebasado por la crisis de femicidios en aumento: cada 14 días, 2 mujeres (cis) son asesinadas en Costa Rica. A ello se debe sumar la profundización de la precarización de la vida de las mujeres (cis) pues, de acuerdo a la Universidad Nacional y el Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (INEC) (UNA) las mujeres perciben menos salario que los hombres y se ven más afectadas por el desempleo (las mujeres representan el 8,6% mientras que los varones el 6,7%).
Las afectaciones van desde la eliminación de los programas de Afectividad y Sexualidad Integral por supuestamente contener materiales de “erotismo y perversión” hasta la eliminación del Norma Técnica del Aborto Terapéutico. Este último como moneda de cambio para el apoyo electoral de la Alianza Evangélica y en el que el gobierno reafirmó “su compromiso absoluto con la vida”, recurriendo al mismo discurso de los sectores neo pentecostales y ultra conservadores. Paralelo a ello, la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS) alertó de que en Puntarenas aumentaron los embarazos adolescentes y los contagios de Infecciones de Transmisión Sexual (ITS). A ello, habría que sumar la profundización de la precarización de las condiciones de vida durante el gobierno actual, con el encarecimiento de la vida, el debilitamiento de políticas sociales focalizadas en sectores vulnerabilizados y el desmantelamiento de instituciones públicas (el seguro social, las escuelas públicas, comedores escolares, etc).
Dichos retrocesos no son extraños, la historia demuestra que el avance de sectores conservadores, neoliberales y autoritarios ha implicado el retroceso en las condiciones materiales y políticas de las mujeres, personas con capacidad de gestar y por supuesto la amplitud de la comunidad LGTBQ+ así como las infancias. Un ejemplo cercano es Honduras, después del golpe de Estado contra Manuel Zelaya en 2009, en medio de la resistencia, el gobierno de facto decretó la prohibición de la venta y la circulación de medicamentos anticonceptivos de emergencia por considerarlos abortivos. Como si ello fuera poco, este decreto intervino directamente en el establecimiento y activación de protocolos de salud ante violencia sexual para la prevención de embarazos no deseados. No fue sino hasta 2023 que la presidenta Xiomara Castro revirtió dicho decreto, el cual no deja de estar amenazado por el próximo gobierno de Asfura. Otro ejemplo mucho más cercano nos lleva a la Nicaragua de 2006, particularmente la alianza de Daniel Ortega con la Iglesia Católica para retroceder en una de las victorias del Movimiento de Mujeres de Nicaragua : la despenalización del aborto terapéutico.
Para Daniela Núñez García, directora del Archivo de la Memoria Trans en Centroamérica, las afectaciones son diferenciadas territorial y racialmente. “No es lo mismo una mujer en San José, Cartago o Alajuela frente a una mujer de Guanacaste o Limón”; estas últimas son provincias que se construyen y se constituyen con población afrodescendiente y racializada y que junto a Puntarenas han sido “fronterizadas” en palabras de Daniela. En su perspectiva, las políticas neoliberales y coloniales son “todavía más letales en la ruralidad”. Esta condición territorial se permea con lo político y lo social, en las que las mujeres se ven atravesadas por distintas violencias y desigualdades estructurales. Entre ellas, Daniela llama la atención sobre el débil o nulo acceso a la salud de las mujeres en la ruralidad, así como el silencio en la campaña electoral sobre políticas públicas para enfrentar las sequías que golpean cada vez más a la provincia de Guanacaste. En este sentido, Daniela remarca la importancia de visualizar las violencias en clave raciales, la ruralidad y en general que el mundo que va más allá del Valle Central costarricense. Es justo en las provincias costeras y fronterizas en las que las vías políticas conservadoras se han visto alimentadas electoralmente, lo cual está íntimamente relacionado con políticas -históricas y estructurales- de exclusión, racistas, hambre y de desprecio para estas comunidades.
Desde una perspectiva nacional y regional, Daniela identifica a Costa Rica como parte de esa ola mundial de derechización y, particularmente, de “deshumanización”. Proceso que resulta evidente al considerar los genocidios en marcha en Sudán del Sur, República del Congo y Palestina, Palestina, la invasión a Venezuela, el secuestro a Nicolás Maduro y un largo etcétera. Costa Rica es un reflejo de ese proceso en el mundo cuando el “gobierno insiste en la instalación de minería abierta en el país, cuando establece negocios y relaciones diplomáticas con el Estado genocida de Israel y además mantiene la sumisión frente a las políticas imperiales y coloniales de Estados Unidos”; indica Daniela. Todos aspectos que ya sucedían en Costa Rica pero que el gobierno de Chaves lleva al extremo, y “sin vergüenza” comenta Daniela.
Por su parte, Carolina Marín activista por la defensa de los derechos de los animales, feminista antiespecista, constructora del Rinconcito Animal -santuario para animales en el país- y organizada en Casa Animal indica que ve a una Costa Rica “pasiva y conservadora”, cargada de incertidumbre y de múltiples temores por parte de sectores disidentes políticos, mujeres, infancias y la comunidad LGTBQ+. La normalización de la violencia y la represión política son unas de las preocupaciones más importantes para Carolina; en vista de que puede afectar aún más el tejido social que ya venía debilitado por el neoliberalismo impuesto desde hace más de tres décadas atrás.
Carolina tampoco tiene duda de que el gobierno de Chaves Robles ha afectado directamente a las mujeres, a las infancias y a la comunidad LGTBQ+ al normalizar la violencia, amplificarla y enviar un mensaje a sus seguidores de que es normal el discurso de odio del presidente; además de las burlas y las constantes faltas de respeto a las disidencias políticas. Asimismo, Carolina llama la atención sobre dos aspectos en particular retroceso: por un lado las pocas conquistas alcanzadas se encuentran en riesgo inminente -como el aborto tereapeútico- y por el otro, el retroceso en los procesos de diálogo y visibilización sobre derechos humanos que impulsaban agendas políticas inclusivas para mujeres, la comunidad LGTIBQ+ y otros sectores vulnerabilizados en su amplia diversidad. Es decir, para Carolina Marín el retroceso va más allá de lo alcanzado por las normas y tiene que ver con una cuestión cultural de cercanía y diálogo con el otro. En el sentido de que Chaves ha exacerbado la polarización y, particularmente, el odio a la diferencia.
Frente a este contexto generalizado de derechización y deshumanización, ambas activistas coinciden en que una de las claves para resistir es construir comunidad, redes y alianzas entre pares pero, aún más importantes, con quienes consideramos diferentes. “En palabras de Susy Shock” dice Daniela, “humanizarlo todo”, se trata de “hablar con el vecino, con el de al lado, el de a pie, el que no es Milei, no es Bukele, no es Kast, no es Chaves, humanizarlo y en particular, humanizarnos a las que hemos sido desposeídas de humanidad». Se trata, continúa Daniela, de “politizar la historia política de estos sujetos también políticos que los llevó a votar por la continuidad del cambio”. Es decir, politizar la historia de quienes votaron a favor de la heredera de Chaves, Laura Fernández de Pueblo Soberano (PPSO). Frente a la polarización, el encuentro, el diálogo territorial y con sentido; colocando al centro nuestra condición humana.
Daniela indica que más allá de reacciones, o respuestas reactivas, busquemos construir puentes que permitan el encuentro, el cara a cara y para ello es fundamental descentralizar acciones políticas fuera del Valle Central. Esto, sin perder de vista las violencias que implican las relaciones centro-periferia para no caer en dinámicas salvadoras, extractivistas o aleccionadoras. Para ello, señala Daniela es fundamental que los feminismos vallecentralinos se “cuestionen su lugar político” y “se hagan cargo del lugar de abandono al que históricamente han condenado a las provincias afrodescendientes/racializadas y fronterizadas de Costa Rica”.
Daniela y Carolina coinciden en que existe una retórica que indica que todo está perdido, que desdibuja la esperanza o la posibilidad de futuro. Ante ello, Carolina plantea la necesidad de resistir también desde la alegría. Que el encuentro y la capacidad creativa colectiva potencie los espacios de expansión y construcción comunitaria. Daniela por su parte señala que la ruta es colectiva, comunitaria, sin tanto punitivismo, que la ruta es negra, afrodescendiente, cimarrona, mulata como cuando nuestras ancestras imaginaron un futuro.
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