De la United Fruit Company al Corolario Trump: continuidad del intervencionismo estadounidense en Centroamérica

Maldito País

febrero 16, 2026

Este texto parte de la metáfora geopolítica del pulpo. Un animal que posee tentáculos largos que le permiten desplazarse, adaptarse a numerosas superficies/condiciones y atrapar presas para alimentarse. En el plano geopolítico, pulpo se utilizaba para nombrar a la United Fruit Company (UFCO) o el “sector” bananero estadounidense -que se caracterizaba por el monopolio-. Retomo esa metáfora para hablar de cómo Donald Trump procura afianzar la presencia estadounidense en la región y potenciar su capacidad de injerencia en nuestros países.

Geográficamente la región centroamericana es una masa territorial que une al norte y el sur de América, lo que la convierte en un puente biodiverso y cultural en el que se encuentran ambos extremos. Con la imposición colonial, Centroamérica fue configurada como un territorio transístmico que debía de ser atravesado para garantizar la conexión extra regional -una necesidad enteramente colonial-. Esta situación asimiló a la región con el Caribe, como puerta europea al Pacífico o la entrada a Europa -desde la perspectiva estadounidense-. En medio de esa tensión transístmica es que se acuña la noción del Caribe geopolítico para nombrar a los territorios aledaños al mar Caribe: las islas caribeñas, Centroamérica y Panamá. 

Una vez claros los intereses fueron trazadas diferentes rutas para construir un canal interoceánico: hubo intentos de hacerlo sobre el Istmo de Tehuantepec, o en la ribera del río San Juan e (frontera entre Nicaragua y Costa Rica), y finalmente  en territorio panameño. Siendo esta última la ruta elegida sobre la cual despertaron tensiones entre el incipiente EE.UU. y la corona británica. Por ello, no resulta extraño que para Alfred T. Mahan (almirante y pensador geopolítico que influenció la geopolítica estadounidense) el fortalecimiento del poder naval era clave para garantizar la seguridad y supervivencia de EE.UU. frente a un imperio eminentemente marítimo -Gran Bretaña-. Mahan también alimentó la doctrina Monroe al perfilar en el canal de Panamá un proyecto existencial para la naciente potencia norteamericana. 

De acuerdo al periodista Florian Louis fue en 1823 cuando el presidente James Monroe pronunció su discurso que dio forma a lo que hoy conocemos como doctrina Monroe. En ese momento, Estados Unidos era aún un país joven, con mucho menos territorio y bienes comunes a explotar. En sus palabras, el presidente compromete a su nación a impedir la presencia de imperialismos extracontinentales; lo que hace de EE.UU. se convierta en una especie de “garante” de la independencia americana. Cuestión problemática y ambigua en sí misma, en tanto refiere únicamente a un enemigo externo como si dentro del continente no existiesen pretensiones imperialistas. 

La tensión geopolítica alrededor del canal interoceánico gestó la relectura de Theodore Roosevelt a la doctrina Monroe: EE.UU. tiene el derecho unilateral a intervenir en territorios foráneos para proteger su seguridad e intereses. De acuerdo a la investigadora Elisa Gómez, el argumento para intervenir  era la “incapacidad de los países latinoamericanos y caribeños para gobernarse a sí mismos y la falta de responsabilidad de estos para sus compromisos internacionales”. Compromisos que deben ser leídos a la luz de los intereses norteamericanos, mas no nacionales o independientes. 

Tras múltiples tensiones, el “América para los americanos” y la pax americana se impuso: la zona -territorios aledaños- y el canal son proyectos norteamericanos. Así, Centroamérica fue configurada completamente: Panamá fue asimilada al canal, Nicaragua fue ocupada militarmente por décadas, Costa Rica y Honduras fueron consolidadas como bases militares/políticas que funcionaron durante la guerra contrainsurgente. Ello haría de Centroamérica y el Caribe una “de las regiones más importantes del mundo” en palabras de Jeane Kirkpatrick (ideóloga republicana, embajadora ante Naciones Unidas durante la administración de Ronald Reagan). En el sentido de que sobre el aseguramiento de Centroamérica descansa también la retaguardia de la base naval en Guantánamo y el canal. En este último además se juega la comunicación entre las costas estadounidenses, la puerta a Europa y la barrera detrás del Caribe -el mar nuestro, como llaman geopolíticos estadounidenses al Caribe, México, Centroamérica, Colombia y Venezuela-. Así, el valor geopolítico de Centroamérica se refiere a la capacidad de traslado, desplazamiento y el punto de abastecimiento militar o de artículos de primera necesidad en tiempos de conflicto. No es menor. 

El pulpo, la bananocracia como lógica imperialista

De acuerdo a Fernanda Zeledón (2022) la presencia de la agroindustria bananera en Centroamérica data de 1899; varias décadas después de la instalación de la doctrina Monroe y en medio de las disputas políticas alrededor del canal -construido en 1904 e inaugurado 10 años después-. Dicha industria fue precedida por acuerdos con los gobiernos de los nacientes países centroamericanos que promovían concesiones de tierra a cambio de la construcción de infraestructura o desarrollo en transporte. Acuerdo que pretendía satisfacer la necesidad estatal de ampliar el control territorial, la infraestructura y con ello posibilitar el desarrollo industrial. 

El pulpo funciona como metáfora -bastante fidedigna- de lo que implicó la presencia de la United Fruit Company (Ufco) y la Standard Fruit Company en Centroamérica y Colombia, una imagen construida para ilustrar a una industria que para 1930 poseía 1 409 148 hectáreas de territorio en la región (de acuerdo a Zeledón). La Ufco logró monopolizar la exportación de banano de Costa Rica, Guatemala, Honduras y Panamá. Pero este monopolio iba más allá de la agroindustria y contemplaba, al menos: la infraestructura de transporte, comunicación, vialidad que conectaba distintos puntos estratégicos -los puertos para exportar- y el control de todo lo que ocurría dentro de las plantaciones. Dicho control iba desde los negocios de abarrotes para los y las trabajadores hasta el mantenimiento de condiciones laborales muy precarias; muy cercanas a la esclavitud (por ejemplo, los y las trabajadores de las bananeras recibían bonos a cambio de su trabajo que sólo podían ser utilizados en las tiendas de la empresa). Por ello no resulta extraño que las bananeras fueran también un escenario de organización sindical y movimientos obreros que serían señalados de ser agitadores o comunistas.  

En ese sentido, la literatura especializada afirma que en las bananeras existió un sistema económico de enclave: grandes extensiones de territorio que estaban bajo la administración de una empresa transnacional que no tenía ningún beneficio para el país receptor. En la práctica, un Estado empresarial operaba -extrajudicialmente- dentro de otro Estado sin ninguna otra condición más que la construcción de infraestructura de transporte. Así la noción de pulpo adquiere dimensiones mayores, pues la UFCO iba más allá de ser una empresa de la agroindustria al pretender acaparar todos los aspectos sociales, económicos y políticos dentro de las plantaciones y en los territorios aledaños. Esto porque la mayoría del territorio concesionado a la Ufco no estaba sembrado sino que se encontraba a la “disposición” de la empresa para cuando algún terreno se agotara -el monocultivo de banano enferma a la tierra o a la planta muy rápidamente, lo que le implica un alto grado de desplazamiento- o bien para que no fuera utilizado por la competencia. La acumulación de tierra, en ese sentido, tenía el único fin de desplazar todo: comunidades enteras y al Estado en sí mismo. 

Fernanda Zeledón sostiene que el éxito de la Ufco dependió de su apoyo a gobiernos y líderes autoritarios. Por ejemplo, su rol fue clave -pero no fue el único actor- en el derrocamiento de Jacobo Árbenz en Guatemala (por su intención de una reforma agraria que expropiaría terrenos a la bananera que no estaban sembrados) en 1954. Y mucho antes (1910) había apoyado a Manuel Bonilla para que recuperara el poder en Honduras. La Ufco, en ese sentido, estuvo alineada a los intereses estadounidenses en la región, a la propagación de la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN) -tras el triunfo de la revolución cubana- y el fortalecimiento de la misma luego de la llegada de la revolución sandinista a Nicaragua en 1979. 

Andrés León, investigador costarricense, sostiene que los gobiernos militares centroamericanos, con la ayuda de EE.UU., construyeron una “solidaridad imperial” al identificar a la seguridad como “punto de confluencia entre los procesos de formación estatal centroamericana y de formación imperial estadounidense”. Solidaridad imperial que implicaba golpes de Estado y la globalización de la violencia pública como condición estructural de la región.

Transformación del pulpo

Una de las claves del éxito de la bananera, en palabras del investigador Philipe Burgois, era su capacidad de adaptación y transformación. Esta capacidad  era posible gracias a su movilidad e influencia entre los territorios y gobiernos de turno: el enclave impuso economías centroamericanas altamente dependientes y vulnerables a las condiciones del mercado internacional, con debilidades estructurales que permanecen al día de hoy. Evidentemente, esa condición se extendía a lo político y a la solidaridad imperial construida por los gobiernos militares y que fue trasladada a las democracias instaladas después de los acuerdos de paz. 

Centroamérica fue asegurada pero la paz nunca llegó, al contrario la seguridad ha sido un pilar en las relaciones con EE.UU. En dicho paradigma, el narcotráfico ha sido un elemento central para la invasión y derrocamiento de Noriega en Panamá, la extradición, condena y posterior liberación de Juan Orlando Hernández (JOH) ex mandatario de Honduras durante la dictadura del Partido Nacional, el juicio venidero contra el costarricense Celso Gamboa ex ministro de seguridad, jefe de la Dirección de Inteligencia y Seguridad (DIS), fiscal general y magistrado de la Corte Suprema de Justicia quien fungía como facilitador de negocios para los cárteles de Sinaloa y el Clan del Golfo. A ello habría que agregar los múltiples acuerdos sobre entrenamiento de policías y/o Fuerzas Armadas, de cooperación en materia de inteligencia, operaciones conjuntas y un largo etcétera de acciones para “enfrentar” al narcotráfico. 

De acuerdo a la investigadora Pilar Calveiro, en 2001 EE.UU. declaró la guerra contra el terrorismo para imponerse globalmente, mientras que la guerra contra el narcotráfico fue instalada para operar específicamente en América Latina. La solidaridad imperial construida históricamente hace del narcotráfico al enemigo amorfo y perfecto para justificar cualquier acción intervencionista. Tan difuso que puede constituirse como un arma valiosa para confrontar y contrarrestar la presencia de China en la región, reavivando la Doctrina Monroe ahora recargada por Donald Trump y sintonizada con la perspectiva de Roosevelt: la capacidad, derecho y legitimidad de intervención unilateral de EE.UU.

El primer año de la segunda administración de Trump ha colocado a Centroamérica en un lugar central, fue el destino de la primera gira del Secretario de Estado -Marco Rubio-, receptora de migrantes deportados y celebrado por gobiernos como el de Bukele en El Salvador y Chaves en Costa Rica. También fue sujeto a las amenazas arancelarias e intervino en las elecciones de Honduras al apoyar al candidato Asfura, del Partido Nacional. Como el pulpo en su momento, Trump busca expandir sus tentáculos para controlar y desplazar a otros países hegemónicos como China y Rusia. Finalmente, el objetivo es el dominio y control completo a través de tentáculos que se manifiestan en amenazas y violencia.