Disonancia es la capacidad de sostener ideas, creencias y valores que chocan entre sí. Es contradicción en estado puro. Estas miniaturas son el reflejo de una serie de disonancias que iniciaron el 11 de junio de 2026.
El 11 de junio de 2026, México registró mínimos históricos en su tasa de homicidios. No se debió a un plan de control territorial a lo Bukele, sino al inicio del evento más importante del planeta. El coloso Azteca retumbó e hizo historia. Por tercera vez, albergó la inauguración de una Copa; un hito que no lo tiene ningún estadio y que probablemente no vuelva a pasar.
Ese día, mientras México se paralizaba, 16 estados del país registraron cero homicidios. Una singularidad en un país cuya tasa de asesinatos es de unos 20 por cien mil habitantes, con lugares como Guanajuato que tienen una sangría de 60 por cada cien mil. Sería ingenuo —y romántico— decir que es un milagro de la pelota. O que el fútbol es, de pronto, el pacificador de la humanidad. Aunque Gianni Infantino quisiera que creamos eso. Cuando hay tantos poderes fácticos en juego en un país, lo impensable, no lo romántico, tiene al final más peso.
La inauguración que elevó al Azteca como una catedral del fútbol se sintió como el fin de una era: donde la pelota es una deidad y los cánticos aguerridos de los hinchas, un culto. La pelota vuelve a casa, pero se irá en unas semanas y volverá a rodar —en un par de Mundiales más— en un desierto, donde abunda el petróleo y los dólares.
Un día antes, la Ciudad de México no era una fiesta. Era un escenario lacrimógeno dado por una realidad brutal: la de ser un país fosa, con más de 130 mil personas desaparecidas y una crisis forense que lo único que hace es empeorar con cada sexenio.
Decenas de madres buscadoras y colectivos pararon el tránsito de la Calzada de Tlalpan, una de las arterias más importantes de la Ciudad de México. Llevaban camisetas intervenidas de la selección mexicana, solo que en vez de los emblemas, podías ver el retrato de su familiar desaparecido. “La pelota vuelve a casa… ¿y mi hijo cuándo?”, se leía en una cartulina por todo lo alto.
Una botarga de ajolote —la especie endémica que se ha convertido en el símbolo de la capital bajo el gobierno de Clara Brugada— bailaba con una pala. La misma pala que miles de buscadoras usan para abrir surcos en la tierra, tratando de localizar una pista en las fosas. Lo apodaron “el ajolote buscador”.
Se podía jurar esa noche del 10 de junio en la recién pintada Calzada de Tlalpan, que no habría fiesta mundialista. Las madres tenían la intención de llegar al Azteca. Querían poner las fotos de sus familiares en los postes, en las paredes, donde fuera. Pero un cerco de centenares de policías antidisturbios les cerró el paso. A esa misma hora, un show de drones empezó a llenar el cielo del iluminado coloso de la Ciudad de México. El lugar donde Maradona dejó de ser hombre y para muchos se convirtió en Dios.
Cuando rodó la pelota y sonó el pitazo, se abrió una dimensión. Se activaron todas las narrativas y ficciones que son capaces de sostener cualquier quimera. El mundo, de pronto, parece un lugar diferente. La realidad ha quedado suspendida, o al menos en apariencia. ¿Qué han hecho o dicho los señores de la guerra? ¿Están abstraídos también de todo viendo el fútbol? Lo dudo mucho.
Lo que es real es que el fútbol es capaz de ser un bálsamo, un alivio, una suspensión, una pausa, un aire, un oxígeno, un catalizador, una renovación, un cambio, un todo en todas partes que el negocio ni las mafias del deporte pueden controlar.
El fútbol habitó durante muchos años en los lugares más insospechados de América Latina. En Estados Unidos era el deporte de los migrantes latinos e italianos. Hoy, ver un partido en vivo requiere tener una pequeña fortuna o planificar —endeudarte— durante una vida o varias generaciones.
Hace poco me puse a investigar por qué el juego de Brasil ya no se sentía como antes. No es esa danza, esa sonrisa, esa cualidad de bandido y revoltoso con la que la generación de los inicios de los 2000 jugaba la pelota. Leí algo que me llamó la atención: a las nuevas generaciones los entrenan demasiado. Son unos expertos en la técnica, así que terminan encajando en sistemas rígidos. Incluso le llaman la “europeización del jugador brasileño”. También se ha roto una fábrica de talento que era esencial para Brasil: las favelas. Los niños ya no juegan ahí. El crimen y la militarización han liquidado esos espacios donde surgían grandes danzantes del balón.
En México, la pirateria es la goleadora estrella. No hay forma de detenerla. Es toda una economía que alimenta a familias enteras y aliviana presupuestos. Es un negocio complejo, que también tiene sus jerarquías en la lógica capitalista. Por ello, dentro de la misma piratería hay excepciones. Hay etiquetas. Hay niveles.
Caminando por cada puesto en busca de una camiseta de la selección mexicana para ver el segundo partido, me topé con un vendedor que me ofrecía una opción “premium”. Me explicó que sus camisas eran un “clon espejo”. Las costuras eran de verdad, incluso la etiqueta traía un QR que me llevaba a la página oficial de Adidas. Y su lógica tenía algo de razón. Esta versión valía el doble, pero las otras tenían franjas que no eran costuras, sino pegatinas. No llegaría lejos. Dos puestas y se acabó, y México quiere llegar a octavos.
Así que mi “clon espejo” se sintió especial. Sobre todo porque es la primera vez que vivo un Mundial en una de las sedes. Soy nicaragüense viviendo en Ciudad de México hace cuatro años, y todavía no me adapto a la altitud ni al clima. Tampoco a la capacidad que tienen los mexicanos de celebrarlo todo. Vengo de un país acostumbrado a la pérdida. Siempre perdemos. De Centroamérica, Nicaragua y Guatemala son los únicos que nunca han sido seleccionados para una Copa del Mundo.
Así que es fácil llegar y ponerse la camisa de la selección mexicana. La coloqué en una percha como si se tratara de la oficial. Y al fin y al cabo, no importa. Nadie se fija en eso cuando resuena el grito de un gol. Las etiquetas no se ven cuando dos personas desconocidas se funden en un abrazo en medio de esa ficción de ser uno representado por 11 guerreros en un campo de batalla verdoso.
—¡A hidratarse! —procede a darle un sorbo a su cerveza.
Dicen que los deportes deben adaptarse al cambio. Las altas temperaturas, dicen, ha obligado a la FIFA a poner una pausa a los 23 minutos de cada tiempo para que los jugadores tomen agua. Y uno, en un bar, un sorbito de cerveza.
Para los más puristas, corta jugadas que podrían ser claves y cambiarlo todo. Otros dicen que, gracias a eso, se pueden implementar estrategias que también podrían cambiarlo todo.
Lo cierto es que la FIFA no desaprovecha para meter tres anuncios más. Junto con los precios dinámicos de las entradas y la especulación financiera de las reventas, se ha ganado abucheos dentro y fuera de los estadios.
La pausa de hidratación se siente extraña. Pero este es un Mundial atípico. Basta con recordar la situación que tuvo que pasar la selección de Irán, quien se ganó a pulso su participación, por mucho que puedan ser criticables ciertas posturas de algunos de sus integrantes que están a favor del régimen. A los seleccionados se les impuso restricción migratoria. Levantaron su campamento en la ciudad de Tijuana, fronteriza con Estados Unidos, a pesar de que todos sus partidos se llevarían a cabo en suelo estadounidense.
Pero no solo la selección de un equipo que es enemigo público número uno de un país es vetada. También los árbitros. A Omar Artan, de origen somalí, se le impidió el ingreso a Estados Unidos porque Somalia es uno de los 39 países afectados por una prohibición de viaje por parte de la Administración de Donald Trump.
Julián Quiñones es naturalizado mexicano, y es el salvador de México. Sus goles han sido claves en el avance de la selección tricolor. Es un profeta lejos de su tierra. Nació en Colombia, en la marginalidad. El fútbol no fue un laboratorio, fue su opción entre la nada. Fue su salida. El mito del deporte como salvador de vidas, aquí se encarna. Como una opción para salir adelante. Esas historias son imposibles de ignorar. Es delantero, tiene 29 años, y casi no lo tomaban en cuenta. Se naturalizó mexicano en 2023.
Dijo Chavela Vargas que el mexicano nace donde le da la rechingada gana.
Cuando inicia una nueva guerra es imposible no pensar que el mundo está a un paso de la extinción. Pienso en el Reloj del Juicio Final, que ahora está a 85 segundos de la medianoche. Cada estallido pareciera el fin del mundo.
Me prometieron que las guerras eran cosas de ayer. Estudié los horrores del pasado y creí la promesa de que la humanidad jamás volvería a repetirlos. Los repetimos. El mundo es un lugar más salvaje. O más bien: es un lugar que tiene menos formas. El matonismo político se ha instaurado y la diplomacia ya no es la norma. Ser el otro, es un riesgo. Ser diverso, un peligro.
Hace unos días vi cómo México pasaba a una fase más. Es imposible ser indiferente. O peor: ser un esnob. No hay forma de que no pueda defender una sonrisa, un grito, una alegría. Eso no cambia nada. El mundo no será un mejor lugar mañana —al menos no por una Copa del Mundo—. Ni siquiera México podrá salir de sus demonios aunque todos los astros se alineen por ese sueño embriagador de verse en una final.
Pero vale la pena ser feliz un rato. Lo dice alguien que celebró por todo lo alto un Miss Universo. La corona de Sheynnis Palacios fue para Nicaragua nuestra Copa del Mundo. Fue nuestra final. Fue nuestra razón de ser felices un día. Y se vale.
No solo se vale, se necesita.
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