«Consentida sin discusión la obediencia, se ha caído en el
servilismo absoluto:
Una vez sometida, totalmente, no hay nación alguna, ningún
Estado o ciudad de la tierra que encuentre en lo sucesivo
su libertad»
Walt Whitman
La mayoría de los presidentes de los países de América Latina se han puesto la gorrita MAGA (de Donald Trump) ya sea gustosamente o a la fuerza. ¿Qué implica eso? En principio, estar en contra de sí mismos: denigrar su pertenencia latinoamericana frente a una potencia imperial que ha desarrollado una fuerza implacable con base en aplastar al diferente, empezando por el latino, endilgándole —como hacía Hitler con los judíos— todos los males del mundo.
Esto ha generado que el continente se arrodille a Trump en proyectos como el “Escudo de las Américas”, o similares, que hay varios, y que utilicen ahora el lenguaje trumpeano (narcoterrorismo, influencia de actores malignos, etcétera) para insertar a los militares cada vez más en las dinámicas de seguridad interior y de promover una guerra contra los cárteles de la droga de manera estrafalaria y peliculesca. Los interlocutores más relevantes con Washington son los líderes de los ejércitos locales, tal como ocurría en la Guerra Fría, solo que ahora es una guerra contra un fenómeno explayado y que ha hecho metástasis en la sociedad y la economía continental: el narcotráfico.
Lo complicado es que se trata de una guerra —como muchas— inventada, y que justifica una permanente injerencia, una sensación de ser parte de una cruzada inquisitorial en defensa de una patria que está subyugada a un imperio que desprecia y escupe a los países latinoamericanos, pero mientras más lo haga, crece el deseo de hincarse y suplicar. Es, de momento, un callejón sin salida porque la economía de muchos Estados de la región pende de la relación con Estados Unidos, como las exportaciones, las remesas, entre otras. Estas condiciones las utiliza la política exterior estadounidense para torcer los brazos de quienes intentan ponerse al tiro. Exigen, a su vez, acciones contra la amenaza china, y fortalecer los convenios donde el ganador solamente es la potencia norteamericana.
Es ficticia esta guerra contra el narco porque el mayor comprador de la droga ilegal que se produce es precisamente Estados Unidos y los capos que ordenan y lucran desde este país jamás son investigados y procesados. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, lo ha dicho de sobradas maneras: restrinjan la compra, investiguen a quienes venden la droga en Estados Unidos. Si nos remontamos a la Guerra Fría, vemos cómo los líderes de los cárteles han tenido nexos con la CIA para blanquear plata y hacer operaciones encubiertas, como la famosa trama Irán-Contras. Esta es una guerra, como la mayoría, creada, manipulada, mediatizada y cuyo único beneficiario es Estados Unidos. No buscan soluciones, buscan control y formas de mantener el intervencionismo.
Mientras un ímpetu autoritario se arremolina en el norte, en cada país erupciona un típico fascista local que repite el guion: militarizar la seguridad, contra la comunidad LGTBIQ, contra los indígenas, las mujeres, la diversidad, las universidades, el pensamiento, la libertad de expresión, los derechos humanos, realza un falso Dios… y es bullicioso y descarado y no comulga con las formas ni acepta errores; jamás admitirá una falta y por el contrario, les echará la culpa a sus enemigos o de última a sus subordinados. Incluso, físicamente, tendrá rasgos similares tratando de emular el orden y la simetría; estará acorazado por la oligarquía local y contará con un aparato comunicacional estrambótico que replicará sus insensateces, se venderá como un outsider sin serlo pues busca afianzar la estructura colonial que se ha construido en la región desde la invasión europea.
Estos líderes se venderán como novedosos, intrépidos, con barbas recortadas, sin empachos, hablarán de hacer crecer la economía, de lo malos que fueron los gobiernos de izquierdas, de lo nefastas que son las ONG, de que el cambio climático no existe, y serán dueños de sus propios datos y sus propias reglas. En sociedades tan frustradas como las latinoamericanas, caen como líquido en tierra árida. Recibe la tierra lo que parece agua sin saber que es veneno que terminará quemando el poco pasto que queda.
Lo novedoso es que no es novedoso y que, como decía Heidegger o Nietzsche, el eterno retorno continúa circulando, sin cesar, sin treguas. Ahora volvemos al fascismo similar al de los años 30-40 del siglo pasado que tuvo caldo de cultivo en una Alemania endeudada tras perder la Primera Guerra Mundial y donde los banqueros judíos eran un objetivo eficaz para canalizar la rabia. El asunto es que mientras se está atrapado en el huracán, la realidad distópica empieza a normalizarse. Ya es normal negar el cambio climático, escupirles a los derechos humanos, criminalizar las políticas DEI (diversity, equiality, inclusion), militarizar completamente la seguridad, promover desprecio hacia los migrantes.
Progresivamente, la mayoría del continente se ha ido decantando por apoyar estas políticas (aunque hay indispensables excepciones que se mantienen firmes) que causaban risa y exageración hace apenas unos años. Los votantes están, claramente, cansados del formalismo de la democracia, de que un ejecutivo ponga excusas para llevar a cabo proyectos, que un congreso sea incapaz de aprobar leyes que ayuden a la gente y que un judicial no pueda juzgar de forma adecuada a quienes infringen las normas; y la población está hastiada de que las marañas administrativas terminen creando una élite que pelea entre sí por cuotas de poder que impiden solucionar los problemas más generalizados: pobreza, delincuencia, desesperanza.
Estos personajes con perspicacia leen la fatiga del momento y generan una aparición casi mítica, casi celestial, como solucionadores de todos los problemas comunes y corrientes. Pueden hablar con lenguaje coloquial y son descarados, lo que le da a la gente la sensación de que no les van a mentir —como los políticos normales que sí es verdad que edulcoran la realidad con palabras diplomáticas— pero terminan defendiendo el statu quo más endémico de América Latina, el que conquistó, colonizó y cometió genocidio contra los pueblos indígenas. Además, al ponerse la cachucha MAGA, se vuelcan a regalar la producción nacional a Estados Unidos, mientras callan frente a la destrucción de los derechos de las minorías.
La historia no es necesariamente lineal; el fascismo de hace un siglo fue combatido y aplacado. Una coalición internacional gestionó una pelea militar e ideológica. Pero el ratón se muerde la cola porque precisamente el entramado multilateral que se creó, incentivado precisamente por Estados Unidos tras la derrota del fascismo, está amenazado por el mismo país que hace 80 años le apostó a un capitalismo global y a proteger derechos humanos. El tema es que este sistema tampoco resolvió los problemas y agudizó en el largo plazo las desigualdades.
El fascismo regresa con formas postmodernas y utilizando símbolos antiguos uniéndolos a nuevos, sin necesariamente contar con una ideología propia, como bien describe Umberto Eco en el libro “Contra el fascismo”, en donde enumera características muy claras sobre estos líderes que vemos ganando elecciones en los países de la región.
Hay formas que antes se han utilizado para contraponerse al fascismo: la democracia como postura fundamental, la posibilidad de pedir que los Estados rindan cuentas por las violaciones a los derechos humanos, lo que representaron los juicios de Nuremberg, la concepción de las Naciones Unidas, la necesidad de reconocer a los oprimidos; estas ideas e instituciones ahora tambalean. Latinoamérica padece de cerca esta plaga.
Pero quizá desde estos países nazcan también nuevas —o se retomen viejas— rutas que puedan dar soluciones con mayor legitimidad e inclusión, respetando las garantías ganadas y la democracia, pero sin caer en el cansancio de los derechos reconocidos únicamente en el papel.
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