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La dictadura Ortega-Murillo no nació de la Revolución 

Maldito País

julio 17, 2026

Esta columna de Mónica Baltodano cuestiona dos narrativas opuestas: la del oficialismo, que presenta al régimen Ortega-Murillo como heredero de la Revolución Popular Sandinista, y la de quienes sostienen que la dictadura actual era el desenlace inevitable de ese proceso.

Cada 19 de julio vuelve la misma discusión. La dictadura Ortega-Murillo insiste en  presentarse como heredera de la Revolución Popular Sandinista. Al mismo tiempo, parte  de la oposición acepta ese relato y termina reforzándolo al afirmar que el régimen actual  no es más que la consecuencia lógica de la revolución de 1979. 

Ambas versiones son profundamente equivocadas. 

La dictadura que hoy oprime a Nicaragua no nació de la Revolución. Nació de la progresiva  concentración del poder, del abandono de los principios democráticos y de la degradación  ética de una parte de la dirigencia que terminó traicionando los ideales que decía  representar. La Revolución no engendró esta dictadura. La engendraron los siete pecados  capitales de la política. 

La memoria también puede ser secuestrada

La insurrección que culminó el 19 de julio de 1979 no fue obra exclusiva de una  vanguardia, y mucho menos de un pequeño grupo de dirigentes. Fue una rebelión  nacional contra un régimen que había agotado toda legitimidad. Participaron campesinos,  estudiantes, obreros, empresarios, religiosos, intelectuales y ciudadanos sin militancia  política. Miles de jóvenes entregaron incluso su vida para hacerlo posible. Como ocurre  con los grandes acontecimientos históricos, la Revolución solo fue posible cuando se  volvió inevitable. 

Reducir aquella gesta a la figura de Daniel Ortega constituye una de las mayores  falsificaciones de la historia reciente de Nicaragua. Basta observar quiénes protagonizaron  realmente la Revolución y dónde están hoy. Muchos de sus dirigentes históricos  rompieron con Ortega mucho antes de abril de 2018. Fueron perseguidos, encarcelados,  desnacionalizados o forzados al exilio. Otros murieron en prisión bajo la persecución del  mismo régimen que ahora pretende apropiarse de su legado. 

Rosario Murillo comprendió hace años que la memoria también es un espacio de poder.  Por eso desplazó sistemáticamente a los protagonistas históricos y construyó un aparato  político integrado, en muchos casos, por personas que jamás participaron en la lucha  contra Somoza e incluso por antiguos colaboradores del régimen derrocado. La ironía es  devastadora: quienes combatieron una dictadura terminaron siendo perseguidos por otra  que habla en su nombre.

Las revoluciones pueden derrotar una dictadura sin haber construido todavía una democracia

La Revolución de 1979 nació de un amplio consenso nacional y de una participación  popular extraordinaria, expresada en la Cruzada Nacional de Alfabetización, la salud  comunitaria, la reforma agraria y un florecimiento excepcional de la cultura, la educación,  la música y la poesía. También sembró una ciudadanía mucho más activa, que después de  la derrota electoral de 1990 encontraría nuevas expresiones en los movimientos  feministas, ambientalistas, municipalistas y de derechos ciudadanos. 

Nada de esto significa convertir la Revolución en un proceso perfecto. Sería tan falso como  el relato oficial. Toda revolución tiene claroscuros. También la nicaragüense. 

Su historia no puede analizarse ignorando la guerra promovida por la administración  Reagan, la agresión armada de la contrarrevolución ni las enormes tensiones que enfrentó  el nuevo gobierno. Pero tampoco pueden ocultarse los errores propios: las violaciones a  los derechos humanos, la represión contra comunidades indígenas y campesinas, las  restricciones a las libertades públicas y, sobre todo, la creciente concentración del poder  en un reducido grupo de comandantes. Quizá allí comenzó a incubarse una de las  lecciones más importantes que la historia dejó pendientes. 

La responsabilidad, sin embargo, tampoco termina allí. 

Después de la derrota electoral de 1990, Nicaragua tuvo la oportunidad de construir una  democracia republicana sólida. Pero las políticas económicas que profundizaron las  desigualdades, la incapacidad para sanar las heridas de la guerra y la ausencia de una  verdadera reconciliación nacional alimentaron el resurgimiento del caudillismo bajo las  figuras populistas de Arnoldo Alemán y Daniel Ortega. Debe reconocerse, al mismo  tiempo, la vocación democrática de gobiernos como los de Violeta Barrios de Chamorro y  Enrique Bolaños, que jamás encarcelaron ni persiguieron a sus adversarios por razones  políticas. 

La historia demuestra que los populismos autoritarios, sean de derecha o de izquierda,  prosperan cuando las democracias fracasan en responder a las necesidades de la  población. Sobre ese terreno fértil reapareció Ortega. Y, una vez iniciado ese proceso,  demasiados actores decidieron acomodarse. 

Dieciséis años después regresó a la Presidencia. Pero el régimen que construyó ya no  representaba la continuidad de una revolución, sino el triunfo de los verdaderos pecados  que hicieron posible la nueva dictadura: el caudillismo, la corrupción, la soberbia del  poder absoluto, la codicia por perpetuarse en el gobierno, el culto a la personalidad, la  mentira convertida en política de Estado y la impunidad como sistema. 

Ninguno de esos males nació en 1979. Fueron creciendo durante décadas hasta  desembocar en el régimen que hoy oprime a Nicaragua.

Los liberales y sectores socialcristianos, conservadores y contras pactaron. El gran capital  privilegió la estabilidad de sus negocios. Sectores importantes de las jerarquías religiosas  legitimaron al nuevo caudillo. Organismos internacionales minimizaron las señales del  deterioro institucional e incluso parte de la comunidad internacional llegó a presentar el  modelo nicaragüense como un ejemplo de gobernabilidad. 

Mientras tanto, Ortega desmontaba una a una las garantías democráticas, capturaba el  sistema electoral, subordinaba los demás poderes del Estado y preparaba la instauración  de un régimen familiar. 

Por eso resulta intelectualmente insuficiente afirmar que la dictadura actual es  simplemente una consecuencia de la Revolución.

No. 

También es consecuencia del pacto con Arnoldo Alemán; del fraude institucionalizado; del  silencio empresarial; de las complicidades religiosas; de la indiferencia internacional; de  los errores del propio sandinismo democrático y de la incapacidad colectiva para  defender, a tiempo, las instituciones republicanas. 

Reconocer esa responsabilidad compartida no disminuye la responsabilidad del  orteguismo. La explica. Permite comprender cómo una sociedad puede perder sus  libertades de manera gradual, hasta que un día descubre que casi todas han desaparecido. 

La Rebelión de Abril de 2018 demostró, sin embargo, que la memoria democrática seguía  viva. Las barricadas, las marchas, la organización territorial y hasta antiguas consignas  reaparecieron como expresión de una ciudadanía que volvió a decir basta. En ellas  participaron jóvenes que no habían nacido en 1979 y antiguos sandinistas que volvieron a  enfrentar otra dictadura. La lucha dejó de pertenecer a una ideología para volver a  pertenecer a la nación. 

Esa quizá sea la mayor enseñanza de nuestra historia reciente. 

Las dictaduras no siempre irrumpen mediante un golpe de Estado. Muchas se construyen  lentamente: concentran el poder, destruyen los contrapesos institucionales, normalizan la  corrupción y se alimentan de las complicidades y de los silencios. Esa es una verdad  incómoda, pero indispensable si queremos ofrecer a las nuevas generaciones una  explicación honesta de nuestra historia. 

La Revolución de 1979 podrá ser recordada, como dijo Ernesto Cardenal, como una  revolución perdida. Otros la consideran una revolución traicionada. Quizá ambas  afirmaciones contengan parte de la verdad. Lo que la historia no puede aceptar es que la  dictadura Ortega-Murillo sea presentada como su desenlace inevitable.

Las revoluciones no producen inevitablemente dictaduras. Lo que las produce es la  ausencia de límites al poder; la renuncia de las instituciones a cumplir su papel; el miedo  convertido en forma de gobierno y la decisión de demasiados de acomodarse antes que  resistir. 

Esa fue la verdadera semilla del orteguismo. 

La lección para las nuevas generaciones no consiste en renunciar a los ideales de justicia  social y libertad que movilizaron a miles de nicaragüenses en 1979. Consiste en  comprender que ninguna causa, por noble que sea, justifica la concentración del poder en  un solo hombre o en una sola familia. 

Porque la democracia rara vez desaparece de un día para otro. Se pierde lentamente, cada  vez que una sociedad tolera que alguien se coloque por encima de la ley. 

Y también se recupera lentamente, cuando un pueblo decide que el miedo dejará de  gobernar su destino. 

El exilio, julio de 2026.