Guatemala lejos de Guatemala

Maldito País

febrero 1, 2024

La noche del 14 de enero del 2024 se consagró como un hecho histórico, compartido por millones de personas que guardamos algún vínculo con Guatemala.  Lo vivido esa noche –con la toma de posesión del nuevo Congreso y del binomio de Bernardo Arévalo y Karin Herrera– dejó un halo de señas comunes, casi místicas, entre quienes estaban en el epicentro de la historia y quienes observamos desde distintas latitudes del país y del mundo, como constelación en una larga noche de cansancio, incertidumbre, euforia y alivio.

Nunca sabré qué implicó padecer desde Guatemala ese cúmulo de intentos y embistes para socavar los resultados de las elecciones generales de manos de un régimen que pataleaba con fuerza ante su inminente debilitamiento.  Quiero pensar, desde la distancia capciosa y el resguardo que me da la Ciudad de México, que se trata de la reacción de alguien o algo que presiente está viviendo el principio de su fin. Sin embargo, la historia del país ha demostrado de manera reiterada que los “casi algo” son la regla y no la excepción.  Nuestra autoestima colectiva también da cuenta de ello, pues somos país de primaveras robadas, democracias tuteladas y silencios impuestos. 

Aun así, hay grietas y fracturas que se abrieron en estos meses por las que se cuela el aroma elusivo de la posibilidad, aroma que llega a toda Centroamérica, México y otros rincones del continente latinoamericano.  Organizaciones, comunidades y autoridades ancestrales –principalmente mayas– hicieron suya la capital por 106 días e inspiraron a miles de personas a movilizarse, tomar las calles, detener labores, empapelar embajadas, alzar la voz y negarse a aceptar las imposiciones del régimen conformado por la amalgama del crimen organizado, politiqueros, fiscales, magistrados, veteranos militares y la oligarquía guatemalteca.  

Quienes históricamente han detentado el poder insisten en expropiarnos la capacidad de imaginar y organizarnos, usando la violencia y la noción problemática (y errónea) del individualismo, es decir, la instauración del “sálvese quien pueda” como normalidad.  Este revés histórico, que alcanzó un punto crucial la noche del 14 de enero, ralentiza la maquinaria del statu quo y abre múltiples oportunidades para articular una normalidad distinta que esté en verdadera sintonía con el camino que el electorado eligió en las urnas y el horizonte que los pueblos de Guatemala defendieron en las calles.

Pensar Guatemala lejos de Guatemala ya no provoca insomnio, pero el vértigo sigue allí.  No es el mismo de hace unas semanas o meses, acalambrado por las amenazas de golpe de estado.  Tampoco es el de hace más de un año cuando creíamos que la criminalización, el exilio y el autoritarismo habían llegado para instalarse indefinidamente.  Este nuevo vértigo tiene matices de expectativa por todo lo que se puede lograr y lo que se debe desarmar.  Expectativa que se siente distinta por la lejanía y cuestiona qué podemos y debemos hacer desde aquí.  Contiene también la conciencia de una oportunidad histórica que puede tambalearse y convertirse en otro “casi algo”.  Es el vértigo de reconocer que nos encontramos en el momento propicio para desmontar la idea de que poco puede cambiar.  Dejar atrás la figura del político-pastor y del político-salvador, desbaratar los muros entre pueblos y funcionarios, soltar el discurso limitante de buenos contra malos, apartarnos de aquello que sostiene el racismo, atender las heridas colectivas y pensar las formas en las que podemos reorganizar la vida.

Se trata, pues, de una nueva coyuntura que interpela pero provoca, preocupa pero moviliza, que nos exige paciencia pero diligencia ante la realidad de un Estado complejo, acostumbrado al saqueo, la violencia y clientelismo.  Este instante nos pide vernos en un espejo para ponerle freno a nuestro tránsito constante de oprimidos a opresores y de opresores a oprimidos, dejando de herir por donde nos hirieron.  Nos exige reaprender para ser ciudadanía crítica, pueblos en movimiento, y sociedad civil plural.  A institucionalizar aquello que cimente los caminos emancipatorios para las mayorías.

Puede parecer abstracto e inalcanzable, sin embargo todas las piezas del rompecabezas ya están sobre la mesa.  Ahora nos toca armarlo.  Marco Fonseca explica1 que estamos ante la posibilidad de una articulación democrática y rupturista, alejada del nacionalismo republicano y en ruta hacia un plurinacionalismo democrático.  Esta posibilidad nos convoca –también a quienes estamos lejos de Guatemala– a transformar el vértigo en determinación, hacer eco de la alegría que sentimos la noche del 14 de enero y asegurar que la oportunidad de cambio no se difumine en las dificultades cotidianas, los revanchismos y los tecnicismos.  Los caminos se abren y nos corresponde andarlos con gozo y sin miedo.

Notas