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Brooklyn Rivera y la historia ausente

Maldito País

mayo 30, 2026

Las fotografías de Brooklyn Rivera probablemente desaparecerán del ciclo informativo en pocas semanas. Otras noticias ocuparán su lugar y nuevas controversias reclamarán la atención pública. Lo que permanecerá, sin embargo, es una pregunta más difícil de responder: ¿cómo es posible que un país tenga opiniones tan firmes sobre uno de los dirigentes más conocidos de la Costa Caribe y conozca tan poco sobre el recorrido que lo llevó a ocupar ese lugar?

Las fotografías de Brooklyn Rivera obligan a detenerse. Durante años su nombre circuló acompañado de rumores, denuncias, comunicados y silencios. Ahora reaparece en una cama de hospital. El contraste es brutal. Cuesta reconocer en ese cuerpo frágil al Taupla que durante décadas recorrió comunidades de la Muskitia, participó en asambleas, discutió sobre autonomía y se convirtió en una de las figuras políticas más conocidas de la Costa Caribe.

Su reaparición ocurre después de más de dos años de detención y de largos períodos de desaparición forzada denunciados por organismos internacionales. Antes de cualquier debate político, las imágenes enfrentan al país con una realidad humana imposible de ignorar.

Las fotografías recorrieron Nicaragua y salieron rápidamente de sus fronteras. Gobiernos, organismos internacionales, organizaciones de derechos humanos y medios de comunicación reaccionaron con preocupación. Dentro del país ocurrió algo más complejo. Junto a las expresiones de solidaridad aparecieron las viejas disputas políticas. Algunos exigieron explicaciones. Otros buscaron justificar lo ocurrido. No faltaron quienes celebraron el deterioro físico de un hombre de setenta y tres años.

Mientras observaba esa conversación, una impresión se volvía cada vez más evidente. Muchísimas personas parecen tener opiniones firmes sobre Brooklyn Rivera. Son muchas menos las que parecen interesadas en el proceso que explica por qué su nombre llegó a convertirse en un referente político para amplios sectores de la Costa Caribe. Y quizás esa diferencia explique por qué la discusión sobre su reaparición terminó diciendo más sobre Nicaragua que sobre el propio Brooklyn Rivera.

Brooklyn Rivera no surgió de un vacío político. Su recorrido está entrelazado con algunos de los procesos más importantes de la Nicaragua contemporánea. Detrás de su nombre aparecen los desplazamientos que marcaron a miles de familias durante los años ochenta, las tensiones entre el Estado y las comunidades indígenas de la Costa Caribe y las discusiones que desembocaron en la autonomía regional. También aparecen organizaciones como MISURASATA, MISURA, KISAN y posteriormente YATAMA, cuyos nombres siguen ocupando un lugar central en la memoria de la Muskitia.

Nicaragua ha construido buena parte de su memoria política mirando hacia Managua. Desde allí suelen interpretarse las crisis nacionales, identificarse los protagonistas y definirse los episodios que merecen ser recordados. El resultado ha sido una narrativa nacional que convirtió a la Costa Caribe en escenario de acontecimientos decisivos, pero pocas veces en protagonista del relato nacional. No se trata únicamente de una omisión geográfica. También es una forma de entender el país donde algunas experiencias ocupan el centro del relato nacional mientras otras permanecen en los márgenes, incluso cuando transformaron discusiones fundamentales sobre ciudadanía, territorio, participación política y derechos colectivos.

La conversación suele perder seguridad cuando aparecen nombres como Awas Tingni, YATAMA o Navidad Roja. De pronto esos acontecimientos parecen ocurrir en otro lugar, como si una parte importante del país hubiera quedado fuera del relato nacional. No porque hayan sido menos importantes, sino porque la memoria política del país ha tendido a relegarlos a los márgenes, aun cuando transformaron debates fundamentales sobre ciudadanía, territorio y derechos colectivos.

Awas Tingni salió de una pequeña comunidad indígena de la Costa Caribe y terminó ocupando un lugar en la jurisprudencia internacional sobre derechos indígenas. La sentencia YATAMA siguió un camino similar. Lo que comenzó como una disputa relacionada con la participación política de los pueblos indígenas terminó convirtiéndose en una referencia continental. Ambos procesos nacieron en la Costa Caribe y terminaron influyendo debates que trascendieron ampliamente las fronteras nacionales. Aun así, muchas personas conocen las controversias alrededor de Brooklyn Rivera sin detenerse a pensar en los procesos que lo llevaron a ocupar ese lugar.

Con frecuencia, la autonomía se explica a través de consejos regionales, competencias administrativas y marcos legales. Sin embargo, su impacto más profundo fue político y social. Permitió la construcción de liderazgos propios, formas de organización y espacios de representación cuya legitimidad nacía en comunidades indígenas y afrodescendientes antes que en los centros tradicionales de poder. Esa es una de las claves para comprender por qué determinadas figuras terminan convirtiéndose en símbolos de debates mucho más amplios que sus propias biografías.

Por eso las imágenes de Brooklyn Rivera despiertan algo más que preocupación por su estado de salud. En la Muskitia muchas personas no ven únicamente a un dirigente político enfermo. Ven los desplazamientos del Río Coco, comunidades enteras obligadas a abandonar sus hogares y las caminatas de Monseñor Schlaefer acompañando a familias refugiadas. Ven las luchas por la autonomía, los esfuerzos de pueblos indígenas y afrodescendientes por defender territorios, instituciones y formas propias de organización. Ven una conversación que nunca terminó de cerrarse y que reaparece una y otra vez bajo distintas formas.

Fuera y dentro de Nicaragua, las reacciones parecieron avanzar por caminos distintos. Fuera del país, la atención se concentró en la desaparición forzada, la prisión arbitraria y la responsabilidad del Estado frente a una persona bajo su custodia. Dentro de Nicaragua, el debate regresó rápidamente a las simpatías políticas, las alianzas del pasado y las cuentas pendientes. Ambas conversaciones coexistieron durante días, aunque no parecían hablar de lo mismo.

Las fotografías de Brooklyn Rivera probablemente desaparecerán del ciclo informativo en pocas semanas. Otras noticias ocuparán su lugar y nuevas controversias reclamarán la atención pública. Lo que permanecerá, sin embargo, es una pregunta más difícil de responder: ¿Cómo es posible que un país tenga opiniones tan firmes sobre uno de los dirigentes más conocidos de la Costa Caribe y conozca tan poco sobre el recorrido que lo llevó a ocupar ese lugar?

El verdadero desafío tal vez no consista únicamente en decidir qué pensamos sobre Brooklyn Rivera. Consiste, más bien, en reconocer que una parte esencial del país continúa siendo leída como una nota al margen. Porque detrás de su nombre no aparece solamente la trayectoria de un dirigente indígena. Aparece también una experiencia colectiva que Nicaragua sigue sin terminar de mirar de frente.